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Un mito llamado clase media


Número 54, Año 8, julio 2021


Incluso desde antes de las elecciones del 6 de junio –en medio de la intensa, aunque ya muy rancia campaña del “peligro para México”– López Obrador enfiló parte de su discurso en contra de la clase media. Según la narrativa oficial, los “conservadores” habían avanzado porque un sector “aspiracional” de la clase media se había dejado sorprender, engatusar, por las campañas de miedo. Para comprender mejor lo que está pasando, hay que salir del plano electoral y plantear, al menos, la posibilidad de un análisis más minucioso sobre el estado actual de la clase media, en principio, en términos económicos. Las cuestiones ideológicas, de preferencias políticas y electorales, las dejamos para otro momento.


Una víctima inconsciente


Sin lugar a dudas, la clase media, aquel sector de la población ocupada con mayores ingresos y niveles de estudio, ha sufrido considerablemente los efectos de los dogmas neoliberales desde hace muchos años, aunque la propia clase media no sea consciente de ello. Si pensamos en términos de ingreso, por sólo mencionar un ejemplo que ilustra claramente esta situación, podemos observar que la población ocupada que gana de 3 a 5 salarios mínimos mensuales ha ido disminuyendo paulatinamente, pasando de 5, 394,226 personas en el primer trimestre de 2005, a sólo 2, 358,753 personas en el primer trimestre de 2021. Lo mismo sucedió con la población ocupada que gana más de 5 salarios mínimos, la cual pasó de 2, 892,873 personas a apenas 799,973 en el mismo periodo. Por el contrario, la población que gana hasta 1 salario mínimo y de 1 a 2 salarios mínimos ha ido en ascenso constante, aunque este último grupo también empezó a disminuir en 2020, en el contexto de mayor gravedad de la crisis y la pandemia.[1]


Algo similar sucede cuando analizamos la tasa por nivel de instrucción de la población ocupada. En este caso, el porcentaje mensual de personas con primaria incompleta y completa ha ido en descenso de 2005 a 2021, el de personas con secundaria completa se ha mantenido más o menos constante, pero el porcentaje de personas ocupadas con educación media superior y superior ha ido en aumento durante el mismo periodo, tal como se puede observar en el siguiente gráfico.[2]


En resumen, la población ocupada con mayores ingresos –es decir, aquella que podríamos caracterizar como “clase media”– se ha hecho cada vez más pequeña en los últimos 16 años independientemente del gobierno en turno, mientras que los asalariados pobres, a pesar de contar con mejores niveles de preparación, cada día son más numerosos. No es el “aspiracionismo”, como dice López Obrador, lo que define políticamente a un sector de la clase media, sino el horror ante su inminente proletarización, la cual, por otra parte, es resultado del modelo actual de acumulación más que de alguna medida de gobierno.


Desde luego, panistas, priistas y perredistas han sabido apelar al conservadurismo de la clase media (y también a los integrantes de la clase trabajadora que, a pesar de la realidad y contra ella, no se consideran a sí mismos como pobres ni explotados) para golpear al gobierno actual, pero ocultando la parte de responsabilidad que les toca. En su informe regional más reciente, el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sostiene que: “En general, los latinoamericanos no son conscientes de que tan pobres son en realidad los pobres. Este desconocimiento puede frenar la demanda de políticas más redistributivas”.[3] Hasta cierto punto –pero sólo hasta cierto punto porque, a final de cuentas, el predominio ideológico y moral de las clases dominantes es enorme–, llama la atención que esta percepción distorsionada de la desigualdad y la pobreza se exprese particularmente en México. Lo que no sorprende en modo alguno es su uso propagandístico por los partidos electorales.


El salario no alcanza ni para comer


Ahora bien, si a la clase media le ha ido mal, ¿qué se puede decir de los millones de trabajadoras y trabajadores que desde hace años no ganan ni siquiera lo suficiente para comer? En la Ciudad de México, la pobreza laboral sólo ha ido en aumento desde hace al menos 15 años. En efecto, del primer trimestre de 2005 al primer trimestre de 2021, la pobreza laboral en la capital del país pasó de 20.7 a 28.4 por ciento.[4] Dentro de este periodo, alcanzó su punto más alto en el cuarto trimestre de 2017, al ubicarse en 37.9 por ciento.[5] A partir de ahí comenzó a descender paulatinamente, pero, entre el primer trimestre de 2020 y el primer trimestre de 2021, la población que no puede adquirir la canasta alimentaria con su ingreso laboral aumentó 14.9 por ciento en la Ciudad de México, de modo tal que hoy se ubica en 43.2 por ciento, mientras que, a nivel nacional, el crecimiento fue de 3.8 puntos porcentuales al pasar de 35.6 a 39.4 en el mismo periodo.[6] Esto de acuerdo con los datos del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (CONEVAL). Sin embargo, al tomar en consideración otros indicadores las cifras son mucho mayores, como veremos a continuación.


A partir de un estudio sobre la Tasa de Población Ocupada en Pobreza Extrema (TPOPE) ­–la cual se define con base en la correlación entre la población ocupada por niveles de ingreso y el costo de la Canasta Alimentaria Recomendable (CAR)– los resultados obtenidos por los investigadores del Centro de Análisis Multidisciplinario (CAM) de la Facultad de Economía de la UNAM, nos permiten apreciar con mayor claridad la manera en que los distintos gobiernos en turno, durante los últimos años, han sumido a la clase trabajadora en la miseria. Como se puede ver en la Tabla 1, en los últimos 14 años el salario ha crecido nominalmente, pero no en la misma proporción que el costo diario de los alimentos básicos. En este sentido, el poder adquisitivo del salario se ha deteriorado mientras que el número de trabajadores y trabajadoras que no gana ni siquiera para comer sigue en aumento a nivel nacional, y de manera muy pronunciada en la Ciudad de México. Las conclusiones a las que llega el CAM son lapidarias: “En catorce años, la precarización salarial avanzó de 18 millones 554 mil 765 trabajadores ocupados en pobreza extrema, con una TPOPE de 42.2%, a 40 millones 567 mil 884 trabajadores ocupados en pobreza extrema, con una TPOPE de 77.9%.”[7] Casi el doble de lo que calcula el CONEVAL.



Hoy por hoy, en la Ciudad de México somos 2, 901,911 trabajadoras y trabajadores asalariados. De esos, 1,996,055 ganan menos de 3 salarios mínimos; 2,166,532 tienen jornadas laborales de más de 35 horas a la semana; más de una tercera parte, 989,056, no tiene acceso a las instituciones de salud; 733,292 no tienen prestaciones; 946,915 carecen de contrato escrito y 315,734 sólo tienen contrato temporal.[12] En pocas palabras, estamos en un momento en el que la clase trabajadora tiene jornadas más largas, gana menos, lo que gana no le alcanza y, por si fuera poco, enfrenta condiciones laborales sumamente precarias.

Seguro no faltara quien diga que la actual administración no ha podido hacer nada para mejorar la situación económica del pueblo a causa de la pandemia. En efecto, la pandemia y las medidas de aislamiento para tratar de controlarla agudizaron, en los hechos, la guerra de las clases dominantes contra los trabajadores y, en ese contexto, las hipotéticas e incipientes mejorías en las condiciones de vida del pueblo que el cambio de gobierno pudo haber traído consigo terminaron por disolverse.


¿La pandemia nos afecta a todos?


A primera vista, el sentido común indica que la crisis provocada por la pandemia golpeó a todos por igual. Pero no es así. De hecho, mientras la clase trabajadora se quedaba sin empleo, tenía que someterse a los reajustes salariales y de jornada laboral y veía cómo los empresarios recurrían a los paros parciales y a toda clase de artimañas –como adelantar “vacaciones”– para eludir sus responsabilidades, las ganancias de los hombres más ricos de México crecieron. De acuerdo con lo que reporta el diario La Jornada:


Credit Suisse muestra que México pasó de tener 274 mil personas con una riqueza mayor a un millón de dólares en 2019 a 264 mil en el año de la pandemia. Es decir, que en un país con más de 83 millones de adultos, 0.3 por ciento de ese grupo concentró prácticamente un tercio de los bienes y activos en el país, mientras otro 39.4 por ciento no puede comprar lo suficiente para comer con el ingreso que recibe por su trabajo, estos últimos datos son estimaciones del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social.[13]


Y si bien es cierto que esto es consecuencia de una política de guerra contra las y los trabajadores que no inventó López Obrador, también debemos ser enfáticos al señalar que su gobierno no ha hecho nada para detenerla. Por el contrario, al darle continuidad a la ortodoxia neoliberal en la conducción de la política económica –aunque salga todas las mañanas a decir y tratar de convencer que eso ya se terminó–, el presidente y su partido han agudizado el deterioro de las condiciones de vida del pueblo trabajador y han favorecido sin límite el enriquecimiento de los más ricos. ¿Cambiará esto si el PAN, el PRI, el PRD o cualquier otro partido electoral llega al gobierno? La experiencia histórica nos indica que no. De hecho, ellos han sido los principales promotores de esta política.


De ahí que tengamos que insistir, una y otra vez, en que la clase trabajadora no puede esperar nada de parte de los explotadores, ni siquiera un gesto de buena voluntad. La única vía que tenemos para mejorar nuestras condiciones de vida es la organización y la lucha desde abajo, independiente y en la perspectiva de la construcción del poder popular. En la izquierda, sin embargo, tenemos por delante un arduo y largo camino para convencer al pueblo trabajador de que pelear por otro mundo, uno donde quepan muchos mundos, no sólo es posible, sino que es indispensable para terminar con la explotación, el despojo, el machismo y el desprecio. Más larga y difícil aún será la construcción de la “expresión de la voluntad colectiva y organizada” de la clase trabajadora, pero la tarea es inaplazable.