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Las falsas y las verdaderas contradicciones entre la sociedad y la naturaleza: el caso del Tren Maya

Grupo de Análisis Ambiental, Fragmentos

Número 51, Año 8, abril 2021

[Fragmentos. El artículo completo se encuentra en Metabólica, Número 2, <El Tren Maya y las vías del despojo en el sureste mexicano>, noviembre 2020, disponible aquí ]


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De esta manera el gobierno pone la discusión sobre el Tren Maya como una dicotomía entre el desarrollo de la sociedad, usando y protegiendo la naturaleza en la medida de lo posible, en contra de los que quieren conservar la naturaleza y no quieren el desarrollo.

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En este artículo buscamos primero desmenuzar la supuesta dicotomía conservación-desarrollo, explicando tanto la visión economicista como la ambientalista. Posteriormente argumentamos como, desde la manifestación concreta de nuestra relación sociedad-naturaleza en el capitalismo, surgen las verdaderas contradicciones con la naturaleza. Finalmente argumentamos que, a partir del análisis ecológico concreto, el marxismo y la lucha de los pueblos, existe otra visión y oposición al Tren Maya.

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I


Las concepciones sobre la naturaleza que subyacen a la falsa dicotomía


En el debate sobre el proyecto permean al menos dos concepciones encontradas sobre nuestra relación como sociedad con la naturaleza. Por un lado, desde el gobierno se plantea una concepción economicista, en donde la naturaleza es vista como separada de la sociedad y subsumida a ella. Por otro lado, desde un ambientalismo idealista, se plantea una concepción de una naturaleza armónica e idealizada en donde los seres humanos son solo un problema para la misma. A continuación desarrollamos con más detalle cada visión en el caso del Tren Maya y sus limitantes.


1.1 El Economicismo o desarrollismo

En la visión economicista se plantea que el desarrollo de la sociedad es un proceso continuo de dominación sobre los elementos naturales entendidos como algo externo, como un obstáculo que se debe superar (Clark y York, 2005).

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Desde esta postura reduccionista, la naturaleza es modificable y reemplazable según las necesidades. Esto posibilita la asignación de un valor monetario como cualquier otra mercancía a través de mecanismos económicos sencillos (GAA, 2020; Levins y Lewontin, 1985).

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En el caso del gobierno de Lopez Obrador, más allá de sus alianzas claras con un proyecto neoliberal, su discurso se justifica dentro de este desarrollismo. Esto se clarifica con la afirmación de Jiménez Pons, director de Fonatur, en la que asegura que “no ganamos nada como país con tener jaguares gordos y niños famélicos” (Ramos, 2019).

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En general, asumen que es equivalente deforestar una selva milenaria a replantar otras zonas con árboles (ya sean nativos o exóticos). Toda la historia evolutiva de los ecosistemas y los procesos de sucesión de las comunidades bióticas se reducen a una serie de sumas y restas (Clark y York, 2005). En resumen, entienden la destrucción de la naturaleza como un mal necesario para la sociedad, pero ni siquiera explican para qué sociedad o qué es el desarrollo de la misma.[1]


Nuestra critica a la visión economicista o tecnócrata va en dos sentidos. En primer lugar, criticamos que, si bien reconoce el papel de la intervención humana en los procesos naturales, desconoce la complejidad de la naturaleza en si misma (fuera de cualquier utilidad humana) y también para nuestra sobrevivencia como especie.

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El ser humano es naturaleza y al transformarla se transforma el mismo junto con ella. No hay una contradicción intrínseca o abstracta entre las dos partes. En la práctica, están mutuamente determinadas. El cambio es una característica de la propia relación, en todo caso, lo que podemos decidir es el tipo de relación que construimos histórica y socialmente.

En segundo lugar, como veremos más adelante, el verdadero problema de la concepción economicista se materializa en la concreción de lo que entendemos como sociedad con sus divisiones de clase y los intereses de la clase dominante que guían la relación sociedad-naturaleza. En términos sencillos: no todo el mundo dirige la producción y no todo el mundo se beneficia de la misma. Aunado a esto, el desarrollo capitalista, fundamentado en esta visión reduccionista del mundo y dirigido por la clase dominante, ha conllevado la enorme crisis ambiental en la que nos encontramos. Hoy en día hemos rebasado muchos limites planetarios como la acidificación de los océanos, la destrucción de la capa de ozono o la perdida de la biodiversidad (Rockstromet al., 2009).


1.2 El idealismo ambientalista

Una concepción opuesta es la que se puede englobar en lo que se conoce como la ecología profunda o la hipótesis de Gaia en donde la Tierra se entiende como un superorganismo en equilibrio (Lovelock, 1972).

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Contrariamente a la visión economicista, reconoce los procesos complejos de la naturaleza y sus interacciones. Por otro lado, algunos grupos idealizan a las sociedades tradicionales y los pueblos indígenas como viviendo en un equilibrio natural con el mundo. En este sentido, plantean que se tiene que regresar a un sistema de valores éticos en concordancia con el medioambiente.


Como explican Clark y York (2005), nuestra preocupación con la ecología profunda no es por “su énfasis en las interconexiones sutiles y la complejidad de la naturaleza, su desagrado con la arrogancia humana o su argumento por la importancia ética de reconocer a los humanos como una especie más [...]. (p. 325)”.

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No obstante, lo que creemos importante criticar es su visión antimaterialista de la naturaleza y de nuestra relación con ella. Es decir, entender al mundo natural como algo armonioso y en equilibrio es desconocer los procesos reales de la historia evolutiva (Lewontin, 2001). Si revisamos el registro fosilífero, hay extinciones y florecimientos de especies a lo largo de la historia.

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Es decir, toda realidad material está en constante proceso de cambio y de transformación. Por lo mismo, esta visión idealista no llega a reconocer nuestro papel como productores de una parte de la naturaleza (y no solo como destructores) (Smith, 2010).

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1.3 Crítica a la supuesta contradicción. La relación dialéctica entre la sociedad y la naturaleza

Estas dos concepciones se han manejado como opuestas e irreconciliables desde el mismo discurso del gobierno de Lopez Obrador, que llama a la oposición “conservadora de izquierda” o a los y las científicas a “conocer un poco más la realidad” (Brena, 2020). En la práctica, dichas posturas, en abstracto opuestas, quieren reconciliarse con puntos medios. El no entender la interdeterminación mutua entre la sociedad y la naturaleza por medio de la producción hace que estas dos concepciones se empaten en un territorio y resuelvan sus contradicciones mutuamente, con tal que estén separadas en el espacio. Es decir, la destrucción ocasionada por los megaproyectos –contaminación de ríos, deforestación, fragmentación ecológica- se equilibra con el mantenimiento de grandes parques naturales (o Áreas Naturales Protegidas) en otra zona.

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Desde el materialismo dialectico e histórico afirmamos que no hay una dicotomía entre la sociedad y la naturaleza. Es una relación dialéctica de transformaciones y cambios, una relación histórica que se desarrolla concretamente según las condiciones y el orden social especifico. Por lo mismo, posturas conservacionistas y desarrollistas no tienen sentido porque tanto el desarrollo y la conservación están determinados mutuamente. Cuando abarcamos el proceso como un todo, sus prácticas opuestas no tienen puntos medios y son dos caras de la misma moneda. Por ello mismo, para entender el alcance del Tren Maya, lo tenemos que ubicar en el contexto de producción capitalista, con sus actores e intereses. Y solo en la práctica podemos pensar soluciones y no quedarnos con la misma moneda.



II


La relación sociedad/ naturaleza en el capitalismo: la contradicción real y concreta


La disociación entre el modo de producción y el ambiente puede explicarse al menos por tres fenómenos: la separación en clases sociales y la dirección de la producción, el objetivo del capitalismo como búsqueda de ganancia y acumulación y la falsa creencia de estabilidad económica dentro del capital.


2.1 Las clases sociales dentro del capitalismo: ¿Quién dirige y quién se beneficia?

Un sistema económico es la mediación social de nuestra relación con nuestro entorno para mantener nuestras estructuras biológicas y sociales. Es decir, establece como nos organizamos como sociedades para extraer, manejar, producir y distribuir bienes para satisfacer nuestras necesidades, al tiempo que modificamos el entorno y a nosotros mismos (Magdoff y Bellamy Foster, 2011). Como tal, dicha relación es mediada por el trabajo humano sobre la materia a través de instrumentos de trabajo (fabricas, herramientas) y objetos de trabajo (materia prima) que en su conjunto se conocen como los medios de producción (Marx, 2012).

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En el capitalismo, los medios de producción son privados, es decir, pertenecen solo a un grupo de la sociedad. De esta manera se distinguen las clases sociales, según si tienen medios de producción o no, cómo se apropian de la riqueza social generada por el trabajo o si tienen el mando o no en el sistema de dominio político.[2]

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Es esencial mencionar que en un panorama completo, la dominación política capitalista también es determinada por la dominación patriarcal y colonial que ha construido los métodos de producción y reproducción social (Ghandy, 2001; Levins, 2007)[3].

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Por lo mismo, un primer punto a resaltar es que en la relación de la sociedad con la naturaleza, es decir en la producción, algunas clases deciden como y que se produce y se apropian de las ganancias. Otras, realizan el trabajo para poder sobrevivir. Así pues, tanto la postura economicista en donde se justifica la destrucción de la naturaleza por el beneficio de la sociedad como la postura ecofascista en donde “la humanidad es un virus para el planeta” son inexactas: no toda la humanidad decide sobre como producimos ni sobre como conservamos; no toda la humanidad se beneficia de la misma manera de la producción. Lo único cierto es que en cada ciclo de producción, el trabajador y la campesina son explotadas.

En la península de Yucatán todas estas clases sociales han estado presentes desde hace muchos años y han moldeado la riqueza de algunos a costa y gracias al trabajo y la miseria de otros. Hace un siglo, las grandes haciendas de henequén apoyadas por el Estado mexicano mataron decenas de miles de esclavos mayas y yaquis para el beneficio de las clases pudientes europeas (Kenneth Turner, 1974). Hoy en día, las granjas porcícolas o de soya han expulsado a los campesinos de sus territorios para mandarlos como asalariados de las grandes cadenas hoteleras. Es falso que el sureste no esté integrado, en todo caso no es lo suficientemente rentable para los intereses del capital.

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2.2 El móvil del capitalismo y la contradicción con la naturaleza: la acumulación

La reinversión en la producción de la plusvalía apropiada por la clase burguesa aumenta la capacidad productiva, lo que permite generar una nueva plusvalía incrementada. Se genera entonces una espiral creciente de producción y reinversión que se conoce como la acumulación: el motor del capitalismo (Magdoff y Bellamy Foster, 2011). No obstante, una ley general del desarrollo capitalista es que la tasa de ganancia está en continuo decrecimiento (Marx, 2012).

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La conservación de la naturaleza o los derechos sociales otorgados por el capital son colaterales, y se toleran mientras que la ganancia se mantenga. El crecimiento constante del capital es además incompatible con los límites biofísicos del planeta. El querer mantener la ganancia ha llevado a excesos productivos y de consumo que han originado año tras año la enorme crisis ambiental y climática en la que nos encontramos.


En el panorama político y ambiental de la península de Yucatán, la configuración actual es producto de estos intereses pero también de las fuerzas políticas y sociales de oposición que existen, desde los pueblos hasta los ambientalistas. La protección de grandes áreas naturales es producto de estas luchas en una negociación política con el capital. Sin embargo, muchas de éstas fueron cooptadas posteriormente por la búsqueda de ganancia a través del ecoturismo, bonos de carbono u otros mecanismos propios de la acumulación por conservación (Doane, 2014).

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2.3 Imperialismo y capitalismo ¿estable?

En los inicios del capital, la industrialización de la agricultura y el movimiento de grandes cantidades de comida hacia las ciudades acabo con la fertilidad de los suelos en un proceso que se conoce como la Ruptura Metabólica (Foster, 2014). Esto fue “solucionado” por la extracción masiva de nutrientes extraídos de diferentes países para la producción de fertilizantes químicos. Un caso conocido es la extracción de guano en las costas peruanas que acabo con islas completas (Clark y Foster, 2012). Así pues, la solución del problema fue la externalización del mismo a costa de la naturaleza.

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Se generó así el imperialismo ecológico en donde el 10% más pudiente de la población mundial produce el 50% de los gases de efecto invernadero, contamina los ríos y acaba con la biodiversidad del planeta (Oxfam, 2015).

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Ahora bien, existe una creencia común en que en el sistema capitalista se puede alcanzar un crecimiento estable y que esto le permitirá estar en equilibrio con la naturaleza[4]. Es decir, que podemos salir del atolladero ambiental sin acabar con el capital. Esto es falso en muchos sentidos. Por un lado, es falso que el capitalismo pueda dejar de crecer.

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Por último, es importante mencionar que aunque es cierto que en cualquier economía capitalista madura existe un fenómeno de desaceleración en el crecimiento, esto no implica un beneficio para la naturaleza ni para la sociedad. El crecimiento alcanzado por año es ya muy elevado y sigue destruyendo el ambiente y a la clase trabajadora en magnitudes gigantescas, aunque no aumente (Magdoff y Bellamy Foster, 2011). Yayo Herrero, ecóloga y economista española, ha calculado que si no cambiamos nuestro método de producción y de consumo, el cambio a energías renovables no sería ni suficiente ni benéfico por la cantidad de insumos necesarios para su producción, como el uranio para los paneles solares (Herrero, 2012). Entendámonos: las energías renovables son fundamentales para alejarnos del punto de no retorno del cambio climático, pero son insuficientes. La solución es política, no tecnológica.



III


El análisis concreto: ¿Qué hacer ante megaproyectos como el Tren Maya?


Las contradicciones abstractas entre la naturaleza y la sociedad son inexactas. Por lo mismo el debate entre los desarrollistas y los ambientalistas idealistas, en el cual pone el gobierno las tensiones que existen en el proyecto del Tren Maya, es falso. Tanto así, que en la práctica ambas posturas son dos caras del mismo problema. […] En el discurso, el capitalismo opone a los trabajadores contra la naturaleza: o conservamos o damos trabajo. Cuando, en los hechos, en cada ciclo de producción explota a los dos.

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Para un estudio materialista completo, debemos conocer los procesos de producción de energía y de nutrientes, de formación de cuerpos de agua y de redes tróficas, comprender que los ecosistemas tienen transiciones críticas y puntos de irreversibilidad y que no son una serie de sumas y restas (Levins, 2015). En el caso del Tren Maya queremos entender las relaciones complejas que están en juego. Los polos de desarrollo promueven éxodos que incrementan la presión sobre las zonas rurales y naturales, promoviendo nuevas olas de migración, en ciclos de retroalimentación positiva. La fragmentación ecológica y el efecto de borde generados por las nuevas vías y carreteras acaban con el hábitat necesario para la supervivencia de grandes mamíferos. El cambio de uso de suelo de la vegetación secundaria para la construcción de caminos o campos de agricultura industrial llenos de biocídas, impiden la migración efectiva de muchas especies de reptiles, anfibios, roedores o insectos, llevando a extinciones masivas en los hábitats de vegetación primaria. La muerte de estas comunidades afecta a su vez la polinización o el control biológico en las parcelas agrícolas (en las industriales como en las campesinas) llevando al pobre desarrollo de los cultivos o la conversión de algunos organismos en plaga. El turismo masivo y los desechos hoteleros contaminan los cuerpos de agua y afectan las comunidades bacterianas y de algas que regulan sus niveles de nutrientes y evitan la eutrofización. El turismo, el desarrollo de la agroindustria y la construcción de nuevas vías y carreteras son todas potenciadas por el megaproyecto. Así pues, como ecólogos, debemos entender que El Tren Maya no es un trenecito: articula y aumenta los procesos previos de destrucción ambiental.

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Como marxistas, cuando pensamos en alternativas, sabemos que son incompletas y generales porque afirmamos que solo a través de la organización popular y en la práctica concreta se podrán dibujar. Sólo por medio de la apropiación forzada de los medios de producción y reproducción a través de un movimiento revolucionario se pueden concretar otros mundos posibles como aquellos que construyen las zapatistas o los cubanos. No obstante, en la acumulación de fuerzas tenemos que ser creativos y delimitar tácticas antineoliberales acordes a nuestra situación.

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En la práctica, el proyecto de la 4T sigue anclado al imperialismo y a la explotación de las trabajadoras y los campesinos. Por otro lado, es cierto que en los pueblos de la península yucateca hay personas a favor y en contra del megaproyecto. No buscamos aleccionar ni juzgar a unos o vanagloriar a otros. Entendemos que, desde la miseria profunda en la que han estado hundidas las comunidades agrarias desde hace centenas de años, cualquier proyecto con un discurso alternativo presenta una esperanza de la cual tirar. También sabemos que las ideologías son hegemónicas, no únicamente porque pertenezcan a las clases dominantes, sino porque permean en las clases dominadas. Por ello, hoy en día nos alineamos con los pueblos organizados en defensa de la vida y de la tierra, como el Congreso Nacional Indígena o el EZLN, ya que conocen las intenciones capitalistas y tienen la fuerza para construir alternativas.

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El capitalismo debe ser destruido, pero por lo pronto debemos luchar para no empezar cada vez desde más atrás en la construcción de un mundo nuevo. Cada selva destruida o comunidad campesina despojada nos aleja de poder acabar con el capital, construir una sociedad más justa y evitar el colapso ambiental; cada frente organizativo para unirnos como clases dominadas nos hace resistir y a veces nos acerca.



Notas

[1] Para leer más sobre el tema del desarrollo ver el artículo de Violeta Nuñez en este mismo número.

[2] Léase tener el mando “en las instituciones que conforman el aparato de Estado, ministerios, Banco Central, bancos de desarrollo, fuerzas armadas, etcétera (Osorio, 2019).

[3] La interacción entre el patriarcado, el colonialismo y el capital es fundamental y creemos que se tiene que atender para comprender el proceso completo, pero no será el objetivo de este artículo.

[4] También se piensa que la crisis ambiental se puede paliar a través de la mercantilización de la naturaleza como propone la economía verde (GAA, 2020).


[Fragmentos. El artículo completo se encuentra en Metabólica, Número 2, <El Tren Maya y las vías del despojo en el sureste mexicano>, noviembre 2020, disponible aquí ]


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