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La crisis y nosotros II

Número 42, Año 7, abril 2020


El brote del Covid-19 y las medidas de aislamiento

La pandemia del nuevo virus conocido como coronavirus, como todas las epidemias a lo largo de la historia, nos agarra desprevenidos, sin conocimiento certero del origen, la gravedad, la forma de transmisión, de cómo actuar, qué tan rápido y qué escenario esperar. Conforme avanza el tiempo junto con la epidemia, los expertos tienen más herramientas para poder actuar y hacer más y mejores predicciones que permitan proceder oportunamente.


Así, sabemos hoy que la epidemia no tiene una tasa de letalidad[1] tan elevada, la cual varía entre una muy baja tasa del 0.3% en países como Alemania y una alta entre el 7 y 8 % en países como Italia o España. Esta tasa a pesar de no ser “tan grave” como algunos piensan en comparación con otras epidemias como el ébola donde la tasa de letalidad aproximadamente es del 50%, llegando en algunas ocasiones hasta el 90%, lo que si es grave es que este tipo de virus es mucho más contagioso y se propaga más rápido, de ahí las múltiples y severas medidas de distanciamiento social e higiene.


La estrategia de México es aplanar la curva de contagio, dado que la epidemia cuando actúa de forma rápida es más agresiva y hay poco margen de acción para poder frenarla, muchas personas se enferman al mismo tiempo y el sistema de salud colapsa, los recursos sanitarios como las camas y los ventiladores indispensables para tratar a los enfermos no alcanzan para atenderlos a todos y por lo tanto hay muchos más muertos, de igual forma el personal de salud está más expuesto y al enfermarse contribuye aún más al colapso del sistema de salud.

Sin embargo hay una serie de factores de orden estructural que ponen en duda la viabilidad y el éxito de esta extrategia.


Economía y trabajo

La Organización Internacional del Trabajo (OIT) ha dicho que el desempleo puede aumentar a 25 millones de personas a nivel mundial. Las preocupaciones en relación a las medidas de salud con respecto al trabajo podemos de manera abstracta analizarlas de forma dialéctica. Por un lado, la burguesía está preocupada por la disminución de su tasa de ganancia, y de tener que “regalar su” dinero a los trabajadores sin que tengan que hacer “nada” mientras se para su preciada producción. En este sentido, su reacción ha sido evadir hasta donde es posible las medidas que se imponen desde el gobierno, han tratado de mantener sus empresas y a sus trabajadores a flote con medidas como las bajas “voluntarias” o el “descanso voluntario sin goce de sueldo”, entre otras.



Por otro lado, la preocupación de la clase trabajadora es con relación al empleo y al salario. Se encuentra sorteando un escenario entre el despido, la precarización acentuada, la explotación del trabajo en casa sin horarios fijos, con la multiplicación de tareas y sin las condiciones necesarias para laborar proporcionadas por las propias empresas sino por los mismos trabajadores o el descanso obligado sin sueldo. De igual forma, la crisis en el trabajo informal como en el caso de los albañiles, trabajadoras domésticas, taxistas, dueños de pequeños negocios como fondas, tiendas de abarrotes, tlapalerías, lavanderías, estéticas, comercio informal, ambulantaje, y demás trabajos, están enfrentando un escenario aún más grave ya que obtener para el sustento diario se logra únicamente a través del trabajo diario.


De tal forma que las medidas del distanciamiento social en la realidad mexicana tienen dos limitantes encontradas. Por un lado, la resistencia de la burguesía a cumplir con las medidas, como se evidencia en pronunciamientos como el de Salinas Pliego o Trump, que sustentan que la economía no debe parar, lo cual se traduce en el poco interés en la salud como tema prioritario y el gran interés en la economía, no en la de los trabajadores obviamente sino en lo referente a sus propias ganancias.

De la otra cara de la moneda una amplia franja de la clase trabajadora se resiste a cumplir las medidas porque vive al día y está mucho más preocupada por su destino con relación a la sobrevivencia que al virus. Como sucede en otros países con economías similares, como en Colombia, en donde protestaron después de cinco días de cuarentena y se leía en algunos carteles: “Los trabajadores informales preferimos morir de gripa que de inanición”. Protesta realizada entre llanto y el desespero ante el incumplimiento de los beneficios ofrecidos por el gobierno, la cual fue mitigada con la vieja respuesta del Estado de contención a través del ataque policial, por lo que no debemos perder de vista las similitudes entre naciones en relación a los posibles escenarios en México.


Sistema de salud y condiciones de salud en la población mexicana

El sistema de salud mexicano como bien se ha evidenciado incluso por el análisis del actual gobierno es que es un sistema “descentralizado, fragmentado, segmentado, insuficiente, ineficiente y depauperado” donde 20 millones de mexicanos carecen de cobertura, los que tenían seguro popular con servicios restringidos al 20% de los servicios ofrecidos por la seguridad social y muy pocos derechohabientes con trabajos formales y por lo tanto con derecho a un esquema de seguridad social. Se prevé una crisis del sistema sanitario por la insuficiencia de los recursos del sistema de salud como son el número de camas, médicos, respiradores, enfermeras, además de una amplia gama de especialistas requeridos, así como el equipo completo del personal, que en comparación con otros países que han sufrido altos estragos nos pone en alerta. Por ejemplo, en países con altas tasas de letalidad del covid-19 como España e Italia tienen una tasa de 4.1 médicos por cada mil habitantes, en México la tasa es de 2, el número de camas en México es 1.4 por cada mil habitantes comparado con China con 4.3 o Italia con 3.2 camas. De tal forma la preocupación radica en que si otros sistemas con casi el doble de recursos están colapsando el panorama en México no es nada alentador.


Ya en la pandemia de H1N1 de 2009, se hablaba del débil sistema de salud, del desmantelamiento del Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos (InDRE) y se criticaba el desabasto, la fragmentación, insuficiencia, ineficiencia y demás características bien sabidas que persisten en el actual sistema. Once años después nos enfrentamos a una nueva epidemia no solo sin haber resuelto dichas problemáticas sino incluso en peores condiciones. En los últimos días ha habido varias proptestas del personal de salud reclamando la insuficiencia de los insumos para las curaciones, el eterno desabasto de los medicamentos y el sistema rebasado por insuficiente personal e infraestructura, así como elementos necesarios para su propia protección. El personal sanitario se ha quejado de cómo la sociedad y el gobierno ha romantizado la precariedad y la superexplotación que han sufrido por el “bien de la salud de la población” y su “labor heroica” en la atención a la salud, dicho heroísmo impuesto en muchos casos los vulnerará mucho más en esta crisis con condiciones de alta exposición para ellos y sus familiares, con jornadas más largas y extenuantes, y sin el aumento de una remuneración adecuada.


Asimismo, otra situación que agrava el panorama en nuestro país son las condiciones de salud en la población. En México existe una alta prevalencia de enfermedades crónico degenerativas, entre ellas la diabetes, la hipertensión y la obesidad. Padecimientos que además, tienen una cantidad considerable de subregistros por no haber sido diagnosticados profesionalmente. La magnitud del problema es preocupante dado que la diabetes es la segunda causa de muerte tanto en el grupo de 30 a 59 años como en el grupo de adultos mayores. México, también es el segundo país con mayor obesidad después de Estados Unidos y con una prevalencia de hipertensión del 25.5%. Para empeorar el panorama existen en múltiples ocasiones comorbilidades, es decir enfermedades simultáneas, lo que refiere que las personas son obesas y diabéticas o diabéticas e hipertensas y todas las múltiples combinaciones que se expresan en un deterioro en las condiciones de salud y las posibles secuelas, que siguen siendo estudiadas, por ejemplo la disminución de la capacidad pulmonar. Adicionalmente muchas personas diabéticas o hipertensas están mal controladas por diversas razones, una de ellas el desabasto de los medicamentos que les impiden mantener un buen control de su enfermedad.


Ahora bien, respecto al acceso y la atención de la salud el panorama es muy distinto por clase social. El gobernador de Puebla afirmó que los pobres eran inmunes, declaración que contradice cualquier evidencia científica del análisis de la determinación social de la salud. En este sentido se podría decir que el virus no discrimina por clase social en cuanto al contagio, cualquiera puede contagiarse mas aún por su alta infectividad y velocidad de contagio. Pero si bien el virus no discrimina en la infección, la diferenciación por clase respecto a la atención, curación y pronóstico es brutalmente distinta. En resumidas cuentas, la burguesía tiene los medios para acceder a la atención privada en salud con rapidez y acceso garantizado a medicamentos, tienen un lugar asegurado en una cama y las condiciones idóneas de cuidado, descanso, alimentación e higiene, además de un respaldo económico.


Por otro lado, la amplia mayoría de los trabajadores que viven al día, sin ahorros ni capacidad de préstamo tendrán que sufrir la espera, el desbasto, las arbitrariedades del sistema de salud y la violencia institucional. El panorama se complica respecto a las medidas de higiene imprescindibles para frenar el contagio cuando en muchas comunidades se han enfrentado siempre y se siguen enfrentando al problema del desabasto de agua, lo cual imposibilita el apego a las indicaciones sanitarias efectivas. De igual manera los pocos que tengan alguna capacidad de pago tendrán que debatirse entre esperar y agravarse o morir o tener que gastarse sus ahorros en un intento desesperado por tratar de salvar la vida. Como en el caso de Martha, quinta persona y primera mujer en morir por coronavirus, quien según declaraciones de su familia pagaron 25 mil pesos por una prueba y una consulta en un servicio privado y que al enfrentarse al deficiente sistema de salud con la constante de las negligencias médicas como parte de la lógica institucional, finalmente muere.


En consecuencia, los trabajadores serán un número que formará parte del análisis costo-beneficio el cual arrojará las decisiones en torno a que persona merece una cama y un respirador ante un escenario de insuficiencia, como se puede prever muchos morirán. Por eso la estrategia actual se enfoca en aplanar la curva de contagio lo que permitiría atender al mayor número de personas sin rebasar la escasa infraestructura del sistema porque no serían tantos enfermos que necesitan atención al mismo tiempo como sería en un pico alto de contagio. Sin embargo como hemos visto hay toda una serie de determinaciones sociales relacionadas entre sí que nos obligan dudar del éxito.

Es fundamental tampoco olvidar que el garante del derecho a la salud o en nuestro caso a la pro