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El saqueo de la riqueza petrolera en México

Actualizado: 2 de jun de 2020

Febrero de 2016


Desde hace ya más de tres décadas, las diferentes administraciones del gobierno en México han sometido sin resistencia al país a los intereses del imperialismo de Estados Unidos. Una consecuencia económica de esto es la destrucción física de parte de lo que había de industria nacional –la que transformaba las materias primas en productos más elaborados– y el aumento de la venta en el extranjero de materias primas sin elaborar, así como la reestructuración del aparato productivo nacional para instalar maquilas y proveerles mano de obra barata. Esto es muy claro si se dirige la mirada hacia la industria petrolera nacional, como se argumentará en este análisis.


1. México y el imperialismo


Habrá quien se queje del término imperialismo diciendo que es cosa del pasado, que es ideológico y que ha sido superado puesto que hoy las fronteras nacionales son difusas y no se puede hablar de un imperialismo como el alemán, el británico o el gringo que dirimieron sus diferencias, como de por sí hacen los imperios, en una sangrienta guerra que costó a la humanidad varios millones de vidas en la Segunda Guerra Mundial. Y es cierto, esos imperialismos fueron derrotados por Estados Unidos, no obstante, en países como el nuestro el imperialismo como dominación política y económica no es para nada cosa del pasado.


De la Segunda Guerra Mundial, aunque la victoria sobre el fascismo debe atribuirse a la URSS que ganó la guerra con sacrificios enormes, el imperialismo de Estados Unidos salió también victorioso y ha hecho valer su primacía subordinando al mundo a sus dictados. Esta frase podrá parecer extravagante o exagerada pero no es así, aunque es cierto que su poder no es absoluto y hay ejemplos de pueblos que le han derrotado. Estados Unidos se ha vuelto el policía del mundo, ha derrocado gobiernos para imponer a sus títeres en América Latina, Medio Oriente y África y ha sangrado a los pueblos en múltiples guerras civiles. Las guerras de Vietnam y de Corea son sólo dos ejemplos, y si llegan a la memoria es porque en esos lugares la resistencia popular al imperialismo fue tan célebre que logró derrotarlo y ni siquiera los ideólogos imperiales más atrevidos son capaces de olvidar mencionarlos. No pasa lo mismo con muchísimos otros lugares que no son mencionados y cuyo olvido se propicia por la única razón de que la resistencia popular no pudo derrotarle.


Algunas otras guerras de conquista han sido emprendidas y son recordadas porque son recientes. Como la invasión de Estados Unidos a Kuwait para adueñarse del petróleo con la llamada Guerra del Golfo, o la guerra de invasión a Irak para despojar a ese país de su petróleo. Mucho de lo que pasa en Medio Oriente bien puede ser entendido por esa necesidad del imperio de garantizar, por medios pacíficos o violentos, su seguridad energética, es decir, procurar que no le falte petróleo para su aparato militar e industrial y para el resto de su economía, aunque ello implique despojar al resto del mundo. En México el imperialismo se ha venido adueñando del petróleo, algo que quiere desde la época de la revolución mexicana. Las empresas y el gobierno gringo siempre han tenido interés en el petróleo mexicano, la ocupación militar estadounidense de Veracruz, que duró de abril a noviembre de 1914, defendía los intereses de sus empresas en petróleo, minería, ferrocarriles, latifundios, etcétera. Sus intereses petroleros quedaron garantizados en el llamado Tratado de Bucareli de 1923. Luego vino la expropiación y resistencias a entregarles el petróleo, pero hoy en día, y desde hace varios años, el poder local está dispuesto a entregárselo.


Cuando se analiza la situación del petróleo mexicano no puede olvidarse el poderoso imperialismo del vecino del norte. Y aunque caben las preguntas de por qué los políticos y los empresarios mexicanos son tan dóciles sirvientes de esos intereses; la respuesta probablemente la encontremos en que aunque el vecino del norte defiende e impone sus intereses, mejor dicho los de su élite, estos no siempre chocan con los de las élites locales las cuales pueden aprovechar sus migajas y enriquecerse en los huequitos que deja, como efectivamente han hecho los empresarios y políticos mexicanos.


2. Extractivismo y destrucción de la industria petrolera


Es paradójico que México, siendo uno de los principales productores petroleros del continente, sea un gran importador de gasolina y que para satisfacer su consumo dependa de compañías extranjeras que son, al mismo tiempo, las que compran el crudo al país. La explicación de esta situación hay que buscarla en los primeros párrafos de este escrito. Aunque en el discurso ideológico busquen confundirnos, y para curarse en salud los de arriba nos digan que el imperialismo ya no existe…, que no busquemos culpables…, que hay que privilegiar la unidad nacional…, que hay que garantizar la gobernabilidad…, que la necesidad de mantener “nuestras” instituciones… –como si fueran nuestras y no para servicio de sus bolsillos–, que no todo está mal…, que las cosas buenas también cuentan… Lo cierto es que sí que hay responsables.


Los políticos y empresarios nacionales han sido muy obedientes de los capitales extranjeros y se han servido de ellos para enriquecerse a costa nuestra, aprovechando lo poco que les dejan pero que aún así es bastante. En su afán de entregar el petróleo a esos intereses, también se han beneficiado de varios posibles negocios: vender el crudo a unas empresas y no a otras a cambio de módicas cuotas para inclinar las preferencias, comprar implementos y equipo para PEMEX a cambio de sobornos, contratar la exploración en aguas profundas a particulares. Sin embargo, el núcleo de los negocios sigue siendo el que aprovechan los capitalistas ligados al centro imperial, los Estados Unidos, y de ese no dejan sino las migajas.


Poco a poco, pero de manera continua, los que administran el gobierno mexicano han ido reorganizando el aparato productivo del país para la división del trabajo que le impusieron esos poderosos intereses que hemos mencionado: producir materias primas, ser un mercado permanente de mercancías procesadas y un proveedor de mano de obra barata. Este modelo de desarrollo, como a los de arriba les gusta nombrarlo, podemos llamarlo maquilero exportador, y para implementarlo por completo es necesario disminuir la industria nacional que procesa la materia prima, agregando valor a las mercancías y reorganizar el aparato productivo para preponderar las maquilas y la utilización de mano de obra barata.

Nadie en su sano juicio preferiría la lógica de exportar materia prima barata y comprarla cara una vez transformada, por ello, para no buscar explicaciones basadas en el mal juicio de los gobernantes o en su corrupción, debemos buscar la explicación en razones más profundas. Y aunque, ciertamente, adoptar lo que es mejor para el vecino del norte beneficia a un sector en sus negocios personales, también es cierto que hay puntos en que esos intereses no son iguales y pueden ser incluso divergentes. Así, el problema no es de nacionalismos, lógica en la cual no importa mucho que quien se encuentre administrando el gobierno declare que va a anteponer el interés nacional, pues el mentado “interés nacional” no es sino el de los poderosos locales que sólo podrán anteponerlo cuando no choque con intereses más fuertes. La capacidad de imponerse de esos intereses externos es un producto histórico que a lo largo de muchos años ha moldeado la estructura económica del país. La dependencia es una de las consecuencias de este modelo y es una moneda de cambio en las negociaciones que arriba se practican, la disyuntiva debe ser más o menos así: o haces lo que digamos o ya no recibirás préstamos o tales productos, o ya no te compraremos esto o aquello, con esto, se amenaza con paralizar aspectos de la vida económica y producir crisis sociales. Con la vida de los pueblos negocian allá arriba. La forma concreta que toman localmente esos intereses es diversa. En el caso de la industria petrolera, cuando era presidente, José López Portillo declaró que el país debía “administrar la riqueza petrolera” y ello significaba que no era necesario seguir desarrollando la industria de transformación del petróleo crudo sino que debía obtenerse riqueza de vender el petróleo al extranjero y el papel del gobierno era sólo administrarla. Así empezó el desmantelamiento de la industria que tenía PEMEX.


Para ilustrar este punto pueden mencionarse ejemplos como que, en lugar de construir otra refinería, parte del presupuesto nacional se orientó a construir oleoductos para transportar el crudo desde los lugares de extracción hasta las refinerías de empresas transnacionales instaladas cruzando la frontera gringa, esto para procesar ahí el petróleo y luego devolverlo en forma de gasolina y otras mercancías con valor agregado. El país vende barato y compra caro, y en esos negocios los capitales extranjeros y algunos nacionales se engordan los bolsillos, cumpliendo así con la necesidad estratégica del vecino del norte de garantizar su seguridad energética.


3. La mentira del desarrollo


Hagamos un breve recorrido para ilustrar a qué nos referimos con el desmantelamiento de la industria petrolera nacional. Primero veamos el caso de las gasolinas, pondremos atención en la relación que guardan la producción y el consumo de gasolinas a nivel nacional y para ello nos hemos echado un clavado en los anuarios estadísticos de PEMEX disponibles en internet.


Lo que ha sucedido desde 1979, la segunda mitad del sexenio de López Portillo, es que el país dejó de construir refinerías y, al contrario, comenzó a desmantelarlas y a subutilizarlas; esto con el aval del entonces presidente quien declaró que no era necesario seguir desarrollando la industria de transformación de hidrocarburos sino que, como México era un país muy rico en petróleo, había que seguir un modelo de “administración de la riqueza petrolera”. Desde entonces la capacidad instalada en las refinerías y plantas petroquímicas no está ni siquiera utilizada en su totalidad y eso contrasta con la cantidad de petróleo crudo que el país exporta al extranjero. En términos llanos: en México ni siquiera hay un esfuerzo por transformar la cantidad de petróleo que sí se podría procesar. Como puede verse en la gráfica de consumo y producción de gasolina en México, entre 1979 y 1982 el país producía un poquito más de lo que consumía, es decir, refinaba el petróleo para convertirlo en gasolina que se vendía en el mercado nacional siendo que un pequeño excedente de ese producto procesado se vendía en el mercado internacional. Esta situación siguió así hasta 1988, en que la producción de gasolinas creció y aunque también aumentaba el volumen de consumo éste no superaba a la producción y había excedentes que se exportaban.

Consumo y Producción de gasolina en México.Fuente: Elaboración propia con base en los anuarios estadísticos de PEMEX, varios años. mbd: miles de barriles diarios.



Ahora bien, esta situación se invirtió por primera vez en 1989. Se comenzó a comprar gasolina en el extranjero y el consumo interno creció. El saldo es que la producción de 2014 es prácticamente la misma que en 1994. O sea que ¡hace veinte años México producía la misma cantidad de gasolinas que hoy y actualmente sólo produce un poco más que hace treinta años! ¿A eso llaman desarrollo? En contraste, el consumo de gasolinas ha crecido muchísimo. Nada tan ilustrativo que observar cómo se separa la cantidad de gasolinas consumida y la producida. Es importante mencionar que la gasolina que se importa del extranjero es la de mejor calidad, o sea la más cara.


Para hacer la ilustración con números diremos lo siguiente: en 2014 el total de ventas internas por gasolina reportadas por PEMEX fue de 428.4 miles de millones de pesos que corresponden a 776.7 miles de barriles diarios (hay que multiplicar por 1000 y luego por 365 para el total de barriles anuales). De estos sólo se produjeron en el país 421.6 miles de barriles diarios, es decir, se compraron en el exterior 355.1 miles de barriles diarios, el 45.7%. En pesos, el país pagó 195.86 miles de millones de pesos sólo ese año para adquirir gasolinas del extranjero. El presupuesto de la UNAM de ese año fue de 35.6 miles de millones de pesos, por lo que la compra al exterior representa 5.5 años de presupuesto para la universidad más grande del país. Sí, es cierto que a este cálculo que hicimos le falta considerar que si la gasolina se hubiera producido en el país habría que restarle el costo de producción interno pero aún así el dato nos sirve para mirar las consecuencias que tiene el extractivismo. Así fuera sólo la mitad de esa cifra, indigna saber que en un año las ganancias de los capitales imperialistas alcanzarían para financiar dos años de educación de varios cientos de miles de jóvenes en México, y más cuando sabemos que en el país hay serios problemas de exclusión.